miércoles, 2 de noviembre de 2011

La moto y la provincia

(28.10.11)

Providencia de noche era un derrumbe, un foso. Antes de que llegara la televisión al pueblo y después que la abuela terminara de oír las radionovelas de las ocho y las nueve, Providencia era negro, era silencio. Quizás había grillos, quizá un búho o pájaros sin nombre las noches de verano, pero lo único que realmente se escuchaba en Providencia era vacío.

Por eso, desde la adolescencia, Emilio siempre quiso tener una moto. No solo tener una moto, la más nueva y moderna que fuera posible con lo que le alcanzaran los ahorros, sino una moto con tubo de escape abierto y capaz de provocar ladridos hasta en los perros del hospital, a dos kilómetros o más del centro y de la plaza. Una moto, imaginaba en las noches que empezaban igual en julio y en febrero, que fuera comienzo de algo, pero que sobre todo fuera final del tedio en ese pueblo callado, previsible y apenas poco más que rural en el que le había tocado nacer, como antes a sus padres, a sus abuelos y a muchos otros que nadie recordaba, condenados a repetir los mismos gestos día a día, los mismos recuerdos polvorientos, los mismos anticipos y las mismas vendimias.

Por suerte, apenas cumplidos los diecinueve Emilio pudo comprarse la moto que quería, no la más nueva ni la más brillante, sino la que tenía doble tubo de escape, el motor de arranque más rápido y estruendoso que se ofrecía en varias tiendas de la capital y una frenada brusca y sorda, mejor y más potente que hasta las más soñadas.

Después de comprarla, Emilio esperó casi una semana antes de estrenarla. Los días de entretanto se le fueron en pulirla con los mejores paños y los mejores productos que encontró en la ciudad, pensando como siempre en Providencia y sus noches de luto. En la tercera repasada, se inclinó finalmente por la noche del domingo, la noche más silenciosa de toda la semana si en algo hubieran podido compararse las noches con las noches en ese pueblo mínimo. A mediodía almorzó con sus padres y la abuela como en cualquier domingo. De tarde, se entretuvo un par de horas con los compañeros de liceo que celebraran el último verano en Providencia antes de entrar al instituto a estudiar notariado o técnicas agrícolas.

Nadie lo acompañó esa noche a retirar la sábana que escondía la moto en una esquina, entre el almacén de don Moncho y el abandono total de lo que ya empezaba a ser campo sin matices. Nadie lo acompañó en el primer intento ni en el primer arranque. Sus amigos, los amigos más cercanos de la escuela, no tenían nada que se pareciera a esa pasión; lo suyo era el sarcasmo o era droga. En los casos más lúdicos, era algo de poesía y sueños desvaídos; en los más adaptados, era el sueño con un puesto en el mismo ministerio donde trabajaba el padre, un acomodo grande de traje y de corbata, y un deseo de rancho, de prole, de brisa por la tarde y lotería siempre los domingos.

Esa primera noche, Emilio dio dos vueltas al pueblo y siempre desde fuera, pasando por detrás del cementerio y los depósitos. Nadie quiso creer en toda Providencia que el temblor escuchado era tan verdadero o mucho más incluso que los aterradores truenos provincianos que terminaban salpicando lluvias y granizos desde el borde hasta el centro o en cualquier otro pueblo. El miércoles, y recién ese miércoles y el jueves, Emilio se atrevió a acercarse a las calles, imaginando gritos y alborotos en las casas que iban iluminándose como en muy pocas noches de cualquier otro año recordado. El viernes, y aprovechando que sería feriado hasta el lunes de tarde, enfiló por el medio de la Avenida Francia y feliz de atreverse. El domingo, como un sueño cumplido, se encontró en “El Providenciano” con un titular a todo lo ancho sobre el nuevo fenómeno que nadie se atrevía a identificar enteramente y que el alcalde definía, él sí y sin dudarlo, como expresión de los males que acechaban al pueblo ante la inminente declaración oficial de Providencia como “aldea tradicional” y los múltiples beneficios que se esperaban de ello para los tejidos en hilo de las madres y abuelas y los fabricantes de licores con técnicas heredadas desde el mil ochocientos.

Después, y con el mismo ritmo de todos los después que demoraban años en el pueblo, alguien habló en la plaza de un segundo rugido que también se atrevía por Avenida Francia; de un zumbido que a veces en las noches se escuchaba como a veces se oían los camiones que pasaban por la Nacional, pero muy de vez en cuando y solamente antes de una tormenta. A partir de ese agosto y cuando del silencio de las noches quedaba poco o nada, la abuela dejó definitivamente de escuchar las radionovelas de las ocho y las nueve para seguir los círculos de ruido que nadie precisaba si venían del hospital o el cementerio. Los tres policías que se turnaban para cuidar el pueblo nunca dijeron nada. Don Esteban, y solo Don Esteban, fue el único que se atrevió a recordar públicamente las películas de un italiano que habían visto dos o tres veces en el cine de la municipalidad, en las que algunos jóvenes, todos en blanco y negro, se dejaban caer por rutas de la costa quitándoles silencio para empezar a los curas, después a los maestros y luego a todo un pueblo.

Las noches de Providencia nunca volvieron a ser lo que eran antes. A pesar de que en pleno invierno, y con gran alegría del alcalde, el gobierno había declarado a Providencia “aldea rural tradicional”, con todas las ayudas que eso suponía, las noches de silencio se fueron convirtiendo en ventanas cerradas, en esas noches con las que soñaba Emilio ya desde los dieciocho: horas llenas y enteras, ansiedad de motores en la plaza, un silencio desecho seguido, poco o mucho después, por muchos ruidos raros de camiones y alarmas.

domingo, 21 de agosto de 2011


De a uno y por la orilla

Cuando estás en una ciudad que no es la tuya y la atraviesas de lado, de un lado que es siempre diagonal porque no la conoces y te la encuentras como una fruta abierta sin método ni estilo, ves a los que están solos un viernes casi noche y sin afeites.

A las cuatro, a las seis y también a las ocho, si llegas a una plaza verás a las familias de monoparentales o multiloquesea. En el café de la esquina, te encontrarás con la abuela celebrando el cumpleaños con la hija y la nuera y con todos los chicos. A las siete, verás a las amigas codeando comentarios y un pedazo de torta, ya volviendo del cine o preparándose.

A las ocho y media, a las diez en verano, verás los que están solos en este y otros barrios. Los que quedaron solos después del café pulcro a media tarde. Los que compran algo ya cocinado o algo por cocinarse y siempre uno. Los que están en la cola con siempre menos gente y se hablan o preguntan.

Los que se alejan después en las esquinas, ya pensando en la tele o en el libro y, en las mejores ciudades, saludando de a uno a uno a los porteros. Con una sola bolsa y con la noche larga por delante, o quizás un resfrío.

La señora Elvira

La señora Elvira, antes de que se llame así y antes que la conozca, dormita en el único banquito que hay a la entrada de las Galerías Pacífico en Buenos Aires, un sábado a media tarde y rodeada de cientos de personas que vienen y sacan fotos, que vienen y se aglomeran, que vienen a buscar un regalo apurado para el día del niño.

Cuando me siento a su lado, pienso “¡Pobre señora!, dormitando aquí sola en medio del bullicio”. Pero apenas saco el mapa de la cartera para averiguar cómo vuelvo al hotel, la señora, esta señora Elvira, despierta, me pregunta dónde quiero ir y, al darse cuenta que voy en la misma dirección que ella, me pide que la acompañe porque el bastón no le alcanza para aguantar las piernas que le duelen y el cansancio que siente después de un almuerzo coronado con un postre exquisito con doble porción de dulce de leche.

Yo, que en los tres días que he estado en Buenos Aires he estado leyendo dos libros sobre la plena presencia en la vida cotidiana, pienso “A mí tenía que tocarme, ¿qué voy a hacer ahora?”, pero no puedo decir que no, primero y sobre todo por los libros pero después por ella, que me comenta el postre y se ríe y no se siente sola en esa banca. Enfilamos las dos, no sé si por Esmeralda o por Suipacha o por ninguna de esas calles, y nos vamos despacio mientras ella me cuenta, solo ella me cuenta y yo la escucho.

La señora Elvira vive sola en un piso en pleno centro y no parece tener parientes muy cercanos que la acompañen o la ayuden. Cuando le pregunto, un poco de soslayo, me dice que tiene muchos primos en España y varios en provincia. Alguien le hace las compras, alguien la lleva al banco a comienzos de mes y siempre hay alguien como yo que accede a acompañarla hasta su casa. Elvira no habla de hijos ni me habla de sobrinos; de repente, se apoya en el bastón y me dice riendo “A esta edad, uno tiene que hacer lo que quiera y cuando quiera: si quiere dormir, duerme; si quiere comer, come”. Pero se levanta todos los días y conoce a las chicas de todas las tiendas del centro comercial, sobre todo a las de “Extralarge” que son unas divinas.

Al frente de su casa, me dice que es soltera con una gran sonrisa “Es que los matrimonios son una lotería y yo estoy bien así, porque no me gusta que me digan lo que tengo que hacer”.

La señora Elvira divide todos los meses su jubilación de cuarenta años en Correos en cuatro partes iguales: un cuarto para mantener el piso, un cuarto para comida, un cuarto para médicos y un cuarto para salidas, la de hoy por ejemplo, la de esta misma tarde en la que se comió un postre con porción doble de dulce de leche, seguramente un regalo del mozo que la conoce desde hace veinte años y que la ve venir siempre igual de sonriente los martes y los sábados y a veces, cuando llueve, también un día jueves.

jueves, 11 de agosto de 2011

Palabras diferentes

Cuando trabajaba como traductora en un organismo internacional de una ciudad de las provincias del imperio, un buen hombre que venía de mes en mes a cobrarme el aporte para una organización de beneficencia me preguntó un día de esos a qué me dedicaba. Con mucha delicadeza, traté de explicarle que era traductora y que eso consistía en poner las palabras de un idioma, inglés, francés o portugués por hablar de algo, en castellano. Él se quedó mirándome y después de unos segundos me dijo: “Eso no debe ser nada de fácil, porque las palabras deben ser diferentes”.

Del cómo trabajar con palabras diferentes podría ser una buena definición de lo que es traducir, pero no solo de eso. Porque, de alguna manera y siempre, nos encontramos con palabras diferentes; entre otras cosas, cuando nos sentamos frente al famoso papel en blanco con la intención de convertir lo pensado en un texto que lo refleje más o menos, tarde o temprano, con frases hechas o con frases que aspiran a ser nuevas, con palabras del idioma que aprendimos de niños o con la que hemos adquirido o decidido adquirir en otro país con otra lengua.

Las palabras son siempre diferentes. Casi nunca decimos lo que queremos decir en todos sus matices; casi nunca logramos trasmitir lo que quisimos trasmitir y, al final, la comunicación y la literatura son siempre una serie de rebajes o admisiones, de aceptación de que nada es como lo imaginamos o quisimos. En el mejor de los casos, todo puede ser mejor, más sorprendente o más nuevo que las mejores intenciones. En el peor de todos, las palabras no alcanzan; ni las del diccionario ni las otras.

viernes, 5 de agosto de 2011

Copiando a Borges

En una noche de perfecto insomnio, sin alcohol y sin nubes, todo ser humano podría imaginar todas las formas posibles de la divinidad: única, doble, triple o colectiva, a la manera de los griegos. En las dos horas siguientes, evocaría sin mucha dificultad todos los juegos en los que se ha enredado, desde la más antigua niñez que pueda recordar hasta el mismísimo ahora de esa noche. En las dos o tres horas que queden desde entonces hasta la madrugada podría divertirse diseñando castillos o sociedades enteras hasta en sus más mínimos detalles. Las horas que falten para enterar el alba serían de soñar, pero despierto. Soñar, como soñamos todos, con escenas completas y llenas de misterios, escenas coloridas que recordará después sin saber si fueron más o apenas menos que los juegos y las elucubraciones de las dos y las tres de la mañana, universos completos de los que será protagonista, sin saber si el mundo va a acabarse ni si los animales que lo acechan son poesía o pesadilla. Símbolo de otros símbolos, simplemente cansancio.

5 de julio de 2011

viernes, 22 de julio de 2011

De las cosas que caben en un bolso

En un bolso más bien chico caben, o debería caber, el mínimo de objetos necesarios para un viaje en un avión precario o de propiedad de una empresa irlandesa, es decir un cepillo de dientes, un espejo, los remedios que se han ido haciendo más indispensables, pinzas en caso necesario y sobre todo porque son delgadas y no incomodan mucho, un perfume quizás, un par de aros y collares de los más livianos que encontremos, y dos o tres recuerdos.

El resto, dicen los entendidos, es enteramente prescindible. El resto, dicen los que no se han enterado de la existencia de los cronopios, puede llevarse en la mano o no llevarse. Lo importante es el bolso, ese bolso pequeño que nos define con su collar regalado por la mejor amiga, el ansiolítico o calmante favorito, sus colores y su procedencia; opaco y grueso en caso de venir de Guatemala, brillante y cargado de símbolos si viene de la India.

Si el bolso cumple con todos los requisitos mencionados, en la ciudad donde lleguemos no deberían pedirnos el pasaporte. Bastaría con que nos pidieran escarbar dentro de él para saber quién somos.