En Kiribati los días no terminan, se desploman. Y donde van a desplomarse es un océano tan amplio que solo las fotografías aéreas y las historias de los antepasados más antiguos pueden dar una idea de lo extenso que es. Ahí, en ese lugar, una pareja de lo que en las islas podría considerarse ancianos lleva más de treinta años sentándose a mirar el atardecer tomados de la mano. Hace treinta años, y no mucho antes ni mucho después, el último de sus hijos se fue a vivir a su propia casa o cabaña, por lo que desde entonces no han hecho más que acumular nietos y bisnietos. Y de mirar juntos el atardecer.
Cuando Manevo y Maneva llevaban ya más de veintiocho sentándose todas las tardes a ver ponerse el sol en lo que el pastor de sus tatarabuelos les había explicado que era el último atardecer del mundo, uno de los 128 bisnietos que tenían entonces los visitó para contarles que, por decreto del gobierno de las islas, la hora de antes ya no era la de antes sino una más y que el atardecer se había convertido por decreto en el primero. De paso, este cambio de hora les permitía ser el primer lugar que entraría en el siglo veintiuno con fuegos artificiales lanzados desde las islas más pobladas, fiestas organizadas especialmente para la ocasión y, sobre todo, turistas venidos de todo el mundo para compartir ese cambio de hora que acababa de aprobarse y cámaras de televisión que se pasearían por todas partes mirándolos celebrar como nunca antes se había celebrado un simple cambio de día.
Manevo y Maneva, como se llamaban entre ellos desde que se habían conocido, escucharon al bisnieto y ese mismo atardecer se preguntaron por qué el pastor les había hablado de la primera puesta de sol para que, después de tanto tiempo, unos pocos de los suyos, que probablemente ni siquiera conocían, decidieran cambiar el fin por el principio y los atardeceres de antes por otros que querían diferentes, como si pudieran cambiarse cosas tan antiguas. Como si las gaviotas pudieran pasar del lado del silencio al de los barcos o de los barcos al silencio por una simple decisión de esos vecinos que ni siquiera se preocupaban porque la isla más a la izquierda de todas las estrellas se había hundido como un barco cualquiera hasta no dejar a la vista más que unos pocos árboles.
Recordando los dichos del pastor que les habían trasmitido sus abuelos, sus bisabuelos y sus padres, Manevo y Maneva decidieron sin comentarle a nadie que las cosas eran lo que debían ser y no de otra manera, así como los peces salían de las aguas y los niños de sus madres. Decidieron también que el día del que hablaba su bisnieto prepararían esos platos que tanto les gustaban, a él y a los demás 127 que no querían ni empezar a contar porque se confundían, y los esperarían después del atardecer haciéndoles creer que había algo que celebrar fuera de estar todos juntos, empezando por ellos dos y siguiendo con todos los antepasados que también estarían en sus velas prendidas y en las flores.
Manevo y Maneva lucieron ese día las mejores vestimentas que tenían y se sentaron junto a todos los que habían nacido de muchos nacimientos, sus parejas y, lo que no faltaba nunca, tías, madres y abuelos de ellos y de los otros, a mirar los brillos que salían de la isla más cercana. Comieron y bebieron y cantaron y, cuando llegó el amanecer, vieron como se alejaban los más jóvenes hablando de unos tiempos de los que el pastor no había hablado nunca. Lo único que importaba, pensaron los dos al mismo tiempo sin ponerse de acuerdo, era haber recibido a todos los hijos, los nietos y bisnietos, y haber comido como en su propia ceremonia de unión, cuando el atardecer era lo que seguía siendo, el último del mundo, el más hermoso sobre esas aguas que no terminaban nunca de ser largas y azules y en los días más claros se tragaban los barcos con sus chispas sin límites.
jueves, 1 de diciembre de 2011
"La biela"
Como posiblemente lo hayan pensando muchos, hay momentos que querríamos congelados o eternos. El más común de todos, el placer compartido en un suspiro; luego, y en una lista interminable que dejaría pálido a Umberto Eco con sus enumeraciones doctas por encargo, una lista larguísima, que va cambiando por épocas y edades. Para mí uno de ellos es el instante en que me siento, ya sea adentro una mañana de invierno o afuera en un día con un poco de sol y de tibieza en cualquier mes del año, en el café “La biela”, en Buenos Aires, y empiezo a abrir el diario después de haber pedido un café doble y tres medialunas de grasa, nunca menos.
Si tuviera que responder a la manoseada pregunta periodística de cuál me llevaría cuando muera, elegiría seguramente muchos otros: el momento antes de abrir un regalo muy deseado cuando niña; el anterior al primer beso, cuando sientes que todo viene bien y sin dobleces; el que anticipa un encuentro esperado en algún aeropuerto.
El de “La biela” pertenece a una categoría única. Con suerte, habrá un pájaro que cante desde el palo borracho. O mirarás despacio las nubes que se alargan después de un aguacero.
Las mesas, apartadas como deberían estar en todo buen café para dejarte a solas con todos los recuerdos y sin la intromisión insoportable de las conversaciones o de los celulares de los más cercanos. Siempre alguien que te hace imaginar que lleva años sentándose en la misma mesa, encontrándose a charlar con los mismos amigos. Siempre alguna pareja que te intriga saber qué los lleva a estar juntos.
Mientras nadie te grita en el oído, nadie te apura a dejar tu lugar por más tiempo que lleves sin pedir ni siquiera un vaso de agua, el momento se alarga.
Y sabes, y sobre todo quieres, poder llegar de nuevo; poder estar de nuevo mucho antes incluso que el pedido de café y medialunas. Cuando todo sea solo deseo y no más que desea. Sea certeza como antes de un despegue.
Todo vendrá después y está o entero o hecho y esperándote.
Si tuviera que responder a la manoseada pregunta periodística de cuál me llevaría cuando muera, elegiría seguramente muchos otros: el momento antes de abrir un regalo muy deseado cuando niña; el anterior al primer beso, cuando sientes que todo viene bien y sin dobleces; el que anticipa un encuentro esperado en algún aeropuerto.
El de “La biela” pertenece a una categoría única. Con suerte, habrá un pájaro que cante desde el palo borracho. O mirarás despacio las nubes que se alargan después de un aguacero.
Las mesas, apartadas como deberían estar en todo buen café para dejarte a solas con todos los recuerdos y sin la intromisión insoportable de las conversaciones o de los celulares de los más cercanos. Siempre alguien que te hace imaginar que lleva años sentándose en la misma mesa, encontrándose a charlar con los mismos amigos. Siempre alguna pareja que te intriga saber qué los lleva a estar juntos.
Mientras nadie te grita en el oído, nadie te apura a dejar tu lugar por más tiempo que lleves sin pedir ni siquiera un vaso de agua, el momento se alarga.
Y sabes, y sobre todo quieres, poder llegar de nuevo; poder estar de nuevo mucho antes incluso que el pedido de café y medialunas. Cuando todo sea solo deseo y no más que desea. Sea certeza como antes de un despegue.
Todo vendrá después y está o entero o hecho y esperándote.
Los escritores
En algún rincón de alguna biblioteca debería haber una crónica o reseña de investigación científica que explique claramente por qué los escritores no hacen daño al planeta ni siquiera con su supuesto no hacer nada. Hablo de los escritores que intervienen o no intervienen en política, pero sobre todo de los que no se pelean a codazos por ningún premio ni escriben artículos en los que destruyen a los más posibles candidatos. Hablo de los escritores que sobre todo escriben; los que contemplan y escriben; los que hacen clases de castellano en las mañanas y escriben en la tarde; los que archivan todo el día y escriben en la noche. Los que no pueden dejar de escribir. Los verdaderos escritores.
De los cuales se podría comentar en la crónica o estudio en cuestión que no solo no le hacen daño a nadie, sino que incluso añaden algo a las avenidas y los parques contemplados por muchos y no vistos. De cómo, en eso que aparentemente no es mucho más que silencio o ensimismamiento, dan una vida distinta a las manzanas. Redondean los troncos. Descubren alegrías y tristezas donde todo se aplana o se silencia. Se ríen reconociendo lo que es grave. Lloran con mucho empeño en las esquinas donde nadie ve nada que merezca tristeza.
No le hacen daño a nadie, ya está visto. Ni al planeta ni a nadie. Y solamente escriben.
De los cuales se podría comentar en la crónica o estudio en cuestión que no solo no le hacen daño a nadie, sino que incluso añaden algo a las avenidas y los parques contemplados por muchos y no vistos. De cómo, en eso que aparentemente no es mucho más que silencio o ensimismamiento, dan una vida distinta a las manzanas. Redondean los troncos. Descubren alegrías y tristezas donde todo se aplana o se silencia. Se ríen reconociendo lo que es grave. Lloran con mucho empeño en las esquinas donde nadie ve nada que merezca tristeza.
No le hacen daño a nadie, ya está visto. Ni al planeta ni a nadie. Y solamente escriben.
jueves, 24 de noviembre de 2011
Segunda y última
Lo cierto es que hasta el mismo nombre de Rinaldo se convirtió en leyenda en la ciudad y en muchas otras de los alrededores. Cuando viejo dicen que sonreía imaginándose que ese pobre tablón en el que empezó a dejar escritos hacía veinte años o más de los que recordaba dejó de ser el suyo y solo suyo y empezó a convertirse en un tablón de todos los que pasaban por ahí con una idea recordada en toda la jornada, de los pobres poetas que iban solo de paso e insistían en recalar en el embarcadero para dejar una o dos carillas. Ya de viejo, Rinaldo se reía sin dientes recordando que su escueto tablón, seguramente ignorado por las damas que subían a misa, en unos pocos años había conocido más textos que la mejor imprenta de toda la ciudad y soñaba, en eso sí estaban todos de acuerdo, soñaba y no podía dejar de soñar hasta que se hizo enfermo y tuvo que dejarse llevar por los monjes que acogían a los pobres, quisieran o no quisieran ser llevados a ese sepulcro para abandonados en el que habían convertido uno de sus monasterios, que algún día uno de esos grandes señores impresores que ya llevaban años publicando ejemplares bellamente ilustrados, recogería los mejores de sus últimos textos, les sumarían los de los escritores pasajeros y haría con todo eso un libro como los que sabían hacer, con letras que no era necesario escribir a mano, e ilustrados con las imágenes más coloridas y brillantes que sus muy bien pagados dibujantes lograran extraer de todas sus palabras.
Rinaldo murió apenas unos meses después de que Fredrich Möller, gran empresario impresor admirado por todos los escritores de cuanto alrededor podía imaginarse, empezara a juntar las páginas que encontraba los domingos de mañana en el tablón anónimo y decidiera, asesorado por los mejores abogados pero sobre todo por los mejores académicos entonces conocidos, juntar los muchos papeles que no le costaba nada recopilar y, con la aprobación del obispo, publicar la primera versión de poemas y cuentos de la zona, con título elegido por el mejor maestro en artes tradicionales y adornado con ribetes de luciente dorado.
Rinaldo no supo nada de eso, primero por estar tan enfermo que los monjes no lo dejaban ni levantarse de la cama y luego, definitivamente, por estar muerto y más que muerto, sin saber como los jóvenes iban llenando el tablón con textos sobre los temas más variados, atrevidos incluso para muchos de los que llegaban a leerlos llevados por la fama de ese tablón anónimo que se fue convirtiendo en asomo y respuesta y luego fue llenándose de ideas, siempre frescas y siempre compartibles.
Rinaldo murió apenas unos meses después de que Fredrich Möller, gran empresario impresor admirado por todos los escritores de cuanto alrededor podía imaginarse, empezara a juntar las páginas que encontraba los domingos de mañana en el tablón anónimo y decidiera, asesorado por los mejores abogados pero sobre todo por los mejores académicos entonces conocidos, juntar los muchos papeles que no le costaba nada recopilar y, con la aprobación del obispo, publicar la primera versión de poemas y cuentos de la zona, con título elegido por el mejor maestro en artes tradicionales y adornado con ribetes de luciente dorado.
Rinaldo no supo nada de eso, primero por estar tan enfermo que los monjes no lo dejaban ni levantarse de la cama y luego, definitivamente, por estar muerto y más que muerto, sin saber como los jóvenes iban llenando el tablón con textos sobre los temas más variados, atrevidos incluso para muchos de los que llegaban a leerlos llevados por la fama de ese tablón anónimo que se fue convirtiendo en asomo y respuesta y luego fue llenándose de ideas, siempre frescas y siempre compartibles.
El escritor sin tiempo
o “Primer intento de blog en la Europa medieval”
Por no tener dinero para publicar en una buena versión encuadernada lo que iba escribiendo ni nadie en el condado que le ayudara a hacerlo, Rinaldo se hizo el hábito de clavar sus manuscritos en un tablero que, por suerte, encontró no lejos de la plaza y, por milagro, vacío.
El tablero tenía, fuera de esas, la virtud de estar en un lugar muy transitado por las damas que subían por lo menos una vez a la semana hacia la iglesia, comerciantes de muy variado tipo y hasta extranjeros que recorrían a pie el trayecto desde el embarcadero a las tabernas, lúcidos todavía o bien ebrios y con mucho interés por todos sus escritos.
Después de trabajar todo el día para otro, Rinaldo se sentaba ante el mesón de madera del cuarto que alquilaba a rellenar páginas de páginas con las ideas que se le habían ido ocurriendo en las horas muy lentas de toda la jornada y que iba memorizando para poder recordarlas después, cuando por fin podía dejar de ser dos para ser uno y no más que uno, el Rinaldo encorvado y ansioso que perseguía ideas con una letra rápida y redonda.
El sábado en la tarde y sin faltar ninguno, bajaba hasta la plaza con el rollo de páginas que retiraría el sábado siguiente y un buen montón de clavos de los más finos que encontraba en el mercado para repetir casi sin variaciones el rito de esperar que los comerciantes se fueran retirando y, poco antes de que empezaran a llegar los músicos o a juntarse los viajeros, retirar lentamente los textos ya un poco amarillentos o un poco desgajados y colocar los nuevos, los que nunca sabía cuántos se detendrían a leer hasta el siguiente sábado.
Los que entonces eran jóvenes o niños todavía recuerdan haberle oído contar a los pies del tablón o, mucho después, en varias de las muchas tabernas de la ciudad, que un sábado de tarde, cuando llegó a cambiar los textos de la semana anterior encontró, con sorpresa primero y luego con codicia, un escrito casi con tinta fresca al pie de su despliegue. Los jóvenes de entonces, o niños todavía, recuerdan hechos vagos a partir de esa historia, relatos que coinciden o que se contradicen. A partir de ese día, dicen muchos, Rinaldo empezó a escribir cada vez menos, siempre con la esperanza de que en todo el espacio que luego dejaría alguien le contestara con una o varias páginas. Hay otros, también muchos, a quienes nadie podría discutirles que Reinaldo siguió escribiendo con más entusiasmo incluso que antes, inspirado por lo que le parecían respuestas o agregados. Nadie está muy de acuerdo, pero unos pocos dicen y aseguran que después de ese sábado Rinaldo abandonó su empleo y empezó simplemente a recorrer tabernas donde contaba cuentos y más cuentos pero nunca de osos ni de cisnes, cuentos siempre delgados y creíbles, que nadie, ni en los rincones más pobres del lugar ni en los más eruditos, podría comentarle o rebatirle. Pero esos son muy pocos y tienen pocas razones que lo prueben.
Por no tener dinero para publicar en una buena versión encuadernada lo que iba escribiendo ni nadie en el condado que le ayudara a hacerlo, Rinaldo se hizo el hábito de clavar sus manuscritos en un tablero que, por suerte, encontró no lejos de la plaza y, por milagro, vacío.
El tablero tenía, fuera de esas, la virtud de estar en un lugar muy transitado por las damas que subían por lo menos una vez a la semana hacia la iglesia, comerciantes de muy variado tipo y hasta extranjeros que recorrían a pie el trayecto desde el embarcadero a las tabernas, lúcidos todavía o bien ebrios y con mucho interés por todos sus escritos.
Después de trabajar todo el día para otro, Rinaldo se sentaba ante el mesón de madera del cuarto que alquilaba a rellenar páginas de páginas con las ideas que se le habían ido ocurriendo en las horas muy lentas de toda la jornada y que iba memorizando para poder recordarlas después, cuando por fin podía dejar de ser dos para ser uno y no más que uno, el Rinaldo encorvado y ansioso que perseguía ideas con una letra rápida y redonda.
El sábado en la tarde y sin faltar ninguno, bajaba hasta la plaza con el rollo de páginas que retiraría el sábado siguiente y un buen montón de clavos de los más finos que encontraba en el mercado para repetir casi sin variaciones el rito de esperar que los comerciantes se fueran retirando y, poco antes de que empezaran a llegar los músicos o a juntarse los viajeros, retirar lentamente los textos ya un poco amarillentos o un poco desgajados y colocar los nuevos, los que nunca sabía cuántos se detendrían a leer hasta el siguiente sábado.
Los que entonces eran jóvenes o niños todavía recuerdan haberle oído contar a los pies del tablón o, mucho después, en varias de las muchas tabernas de la ciudad, que un sábado de tarde, cuando llegó a cambiar los textos de la semana anterior encontró, con sorpresa primero y luego con codicia, un escrito casi con tinta fresca al pie de su despliegue. Los jóvenes de entonces, o niños todavía, recuerdan hechos vagos a partir de esa historia, relatos que coinciden o que se contradicen. A partir de ese día, dicen muchos, Rinaldo empezó a escribir cada vez menos, siempre con la esperanza de que en todo el espacio que luego dejaría alguien le contestara con una o varias páginas. Hay otros, también muchos, a quienes nadie podría discutirles que Reinaldo siguió escribiendo con más entusiasmo incluso que antes, inspirado por lo que le parecían respuestas o agregados. Nadie está muy de acuerdo, pero unos pocos dicen y aseguran que después de ese sábado Rinaldo abandonó su empleo y empezó simplemente a recorrer tabernas donde contaba cuentos y más cuentos pero nunca de osos ni de cisnes, cuentos siempre delgados y creíbles, que nadie, ni en los rincones más pobres del lugar ni en los más eruditos, podría comentarle o rebatirle. Pero esos son muy pocos y tienen pocas razones que lo prueben.
domingo, 13 de noviembre de 2011
Octavio
Octavio estaba convencido que todo gesto amable, incluidos los suyos, se sumaban sin mayor trámite ni mayor aspaviento a un caudal que, aunque sin definir, facilitaba la buena convivencia, la sucesión ininterrumpida de las estaciones y la pesca, tanto de mar como de río.
Octavio imaginaba un mundo en el que cada ceda el paso respetado tenía un eco inmediato en otro plano, aunque no lo explicara en esos términos y más bien en ninguno.
Por eso, y a pesar de vivir a veces meses sin el menor rasguño, Octavio no podía dejar de ponerse melancólico después de casi saltarse una luz roja o, por simple distracción, pagar en la caja para las embarazadas en un supermercado.
Octavio imaginaba un mundo en el que cada ceda el paso respetado tenía un eco inmediato en otro plano, aunque no lo explicara en esos términos y más bien en ninguno.
Por eso, y a pesar de vivir a veces meses sin el menor rasguño, Octavio no podía dejar de ponerse melancólico después de casi saltarse una luz roja o, por simple distracción, pagar en la caja para las embarazadas en un supermercado.
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